lunes 16 de febrero de 2009

mi cliché

a pesar de que te quiero con todo mi corazón, me resulta muy incómodo que vengas sin avisar. me despiertas a media tarde, o a veces en la mañana, y bajo con pasos cortos a abrirte la puerta. cuando la abro, es como si entrase una cámara de televisión con un foco potentísimo apuntando directamente a mi cara arrugada. "no me gustan las sorpresas", digo con voz inaudible, pero rápidamente muestro mi mejor sonrisa para compensar. el caso es que no me gusta que seas tú quien me despierte a determinadas horas, y mira que te quiero. has ido acumulando victorias durante unas cuantas horas y tu cuerpo presenta marcas de las que estar orgulloso, pero si no te quisiese tanto fracasarías en tu intento de colocarme los guantes, el protector dental, y empujarme de manera firme hacia el centro del ring. no, no me gusta nada cuando lo haces. yo necesito mi tiempo para acostumbrarme. puedes cerrarme los párpados si ves que me he quedado dormido pero si haces lo contrario cuando quieras que despierte podemos llegar a darnos de bruces con una irreversible ceguera. y eso es lo que quiere el sol, desde que sabe lo nuestro. tú me hablas de sus bondades, pero lo que desconoces es que sus rayos corrompen mi piel cuando la tocan, con la misma intensidad que acaricia tus cabellos. por eso siempre que vienes y me siento en la obligación de asomar la cabeza apago todas las luces, aunque tú crees que lo hago por timidez. te parece divertido, porque me ves vulnerable, pero es cuando sonríes al verme desnudo el momento en que más pequeño me siento. "podemos encender velas", es la solución que aportas, pero me niego en redondo porque la luz de las velas es la única que los espíritus pueden ver, y eso es exactamente lo que te digo, aunque nunca pareces tomártelo en serio. entonces comenzamos una conversación, siempre la misma, sobre los efectos negativos de la noche. tienes suficientes argumentos simplemente echando un poco la vista atrás. es la hora de los hombres lobo, de los vampiros, y yo te doy la razón, pues siempre tengo la sensación de que dios me hace menos caso después de que el sol se pone. es la hora del diablo. pero si la noche es mala, mucho más perverso es pretender crearla de manera artificial, es como pedir a gritos que alguien te parta las piernas. de todas maneras mi casa es vieja, aunque con encanto, y los rayos del sol se cuelan por cualquier parte. a través de las grietas de las paredes, del espacio entre las baldosas del baño, las ventanas oxidadas que no consiguen cerrarse por completo. pero, sobre todo, cuando abro la puerta para que entres. es en ese momento cuando recibo la bofetada más fuerte.
la última vez que viniste comenzaba casualmente el deshielo, así que no tuvimos tanto frío esta vez cuando nos quitamos la ropa. fue tras un invierno duro de temperaturas mínimas, hambre e incertidumbre. muchos de nuestros vecinos no pudieron soportarlo y tuvieron que emigrar, pero fue más doloroso ver morir a nuestros amigos menos supersticiosos. el país entero se sumió en una etapa de depresión aguda, en la cual únicamente los fanáticos seguían fantaseando con el apocalipsis. el verdadero problema fue que nadie parecía recordar que ya habíamos sufrido una situación similar, como te dije en su momento. a ti y a mis allegados. yo, al no alterar en absoluto mis hábitos, pude mantenerme en pie. no me gustan los excesos e incluso en las épocas de bonanza duermo con una pistola bajo la almohada, pero otros corrieron peor suerte y muchas de las calles se volvieron inaccesibles por la cantidad de cadáveres acumulados en ellas. tú no te viniste abajo, y respondiste como la gran mujer que eres, superando las adversidades con verdadero y puro amor por la vida. como recompensa a ese gran sacrificio, el primero de los rayos del sol impactó directamente en tu rostro, y pude ver cómo una sonrisa gigante se dibujaba debajo de tu nariz, aclarando todas las dudas al respecto de la existencia de dios. permanecimos en silencio durante un rato, desnudos en el sofá, viendo como ondeaban nuestros cuerpos al tocarnos, como un riachuelo que recibe perezosas gotas de rocío. cuando terminó ese rato, aclaraste tu garganta, mientras los rayos del sol se multiplicaban de una manera irrefrenable, mostrándome cada vez más de ese cuerpo, tan diferente al de la noche anterior. posiblemente fue la sensación de que jamás volvería el invierno la que te dio fuerzas para preguntarme si quería casarme contigo. me estremecí como un asesino que va a salir de la cárcel y se obliga a preguntarse cuánto tardará en volver, y te miré como nunca para tratar de explicarte que la noche es del diablo. que esa corbata que dices que me hace tan atractivo, es en realidad una serpiente que me anudo al cuello. te pregunté si nunca habías notado la enorme diferencia existente entre nuestros besos pues, durante la noche, cada uno de ellos es un conjuro que deposito en tus labios. intenté que comprendieses por qué debajo de la luna casi nunca tengo miedo y te sientes tan segura caminando entre las ratas si lo haces de mi mano. ¿cómo podía explicarte que las agujas del reloj no siempre van a la misma velocidad y, como consecuencia de ello, la piel puede envejecer mucho antes de lo previsto?. utilicé una metáfora: cogí uno de mis zapatos y pretendí que entendieses que sólo cuando ellos quieren los relojes nos dejan de dar sorpresas cada vez que los miramos. porque vuelve todo a su cauce cuando ellos escupen mi cuerpo, encima de mi cama o muchas veces en el suelo. mi cuerpo cubierto por viscosos fluídos, como si hubiese pasado la noche en el estómago de un lobo. tú abrías mucho los ojos, mientras yo me emocionaba recordando todas las veces que nos habíamos emborrachado y el brillo de nuestros ojos, que hacía imposible que dirigiésemos la mirada a cualquier otro lugar. tú no comprendías nada, pero te juré que jamás he sido más alma y menos cuerpo que cuando pasaba eso. claro que nos casaremos, porque no quiero perderte. eso te dije, y escuché cómo llorabas. y digo que te escuché, porque había tanta luz que ya no podía verte.

1 comentarios: